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Por Katherine Gibson
Llegué a Costa Rica en un barco de vela hace aproximadamente 11 años y donde primero viví fue en una isla en la selva. Había trabajado previamente para las sociedades humanitarias en los Estados Unidos y en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos. Habíamos comenzado a fundar clínicas del bajo costo para esterilizar, pero en cada lugar también tenía el triste trabajo de matar animales para los que no teníamos sitio. Intentamos que se adoptaran todos los más posibles, pero parecía que no había solución para la superpoblación de animales domésticos.
Aquí en Costa Rica no había refugios, pero se presentó la ocasión de intentar otra solución. En la isla de la selva comencé a vacunar los perros del lugar y a tratarles la sarna, así como a esterilizar algunos, pero desistí cuando no pude encontrar un veterinario que realmente estuviera calificado para operar a animales pequeños.
Hace aproximadamente tres años, después de trasladarme a Playa Zancudo, donde había muchos animales callejeros, encontré al Dr. Andres Tellos, dedicado y talentoso, trabajando con perros y gatos, y que ha estado activo en todo lo que hemos hecho hasta ahora.
Leí un artículo acerca del proyecto McKee casi al mismo tiempo que fundaba la Asociación Zancudo para la Protección de Animales (ZAPPA). Habiendo aprendiendo que se debe alcanzar por lo menos un nivel de esterilización del 70% para lograr el control de la población, concebí una clínica mayor. Entré en contacto con Gerardo Vicente, MV, y con Christine Crawford, del proyecto McKee, que estaban impacientes por ayudar. Debbie Walsh, del Club de la Playa Zancudo, proporcionó habitaciones y comidas para los veterinarios y ayudantes visitantes que nos enviaron
Instalar la primera clínica fue el trabajo mayor. Playa Zancudo es una comunidad pequeña. Cada familia tiene algunos perros, y la entrada mensual media es de cerca de $300. Pagar la esterilización está más allá de sus posibilidades. Pedí ayuda a mis vecinos. Una persona del lugar fue conmigo casa por casa, para ofrecer la esterilización de todos los animales domésticos de la comunidad. Explicamos las ventajas de que un animal doméstico fuera esterilizado, los tranquilizamos acerca de la seguridad del procedimiento y les dimos citas para que fueran a la clínica.
Finalmente llegó el gran día en el que arribaron tres maravillosos veterinarios de McKee, que condujo durante ocho horas para participar. Los veterinarios de la ciudad más cercana condujeron "solamente" dos horas, atravesando por caminos malos para ayudarnos. Teníamos varias mesas de operación largas situadas en el muelle sobre la playa, y en cada mesa una máquina de anestesia y luces provisionales. Tuvimos toda la ayuda posible de los miembros de la comunidad, algunos ayudaron a llevar los perros a sus hogares, en sus vehículos, después que salían de la anestesia.
Había grupos de vecinos charlando afuera en el patio, con sus perros sentados o halando de la traílla, otros observando las operaciones desde las barandas del muelle. Esto hizo de la clínica un acontecimiento social exitoso. Mientras la gente miraba los animales de otros, parecía que a éstos les importaba más sus dueños. Los veterinarios se mantuvieron ocupados todo el sábado, desde por la mañana temprano a hasta poco después del oscurecer. El domingo tomaron sus carros para volver a San José.
Desde ese momento, las puertas de la clínica han estado abiertas, y ciertamente hemos notado un incremento en el sentido de responsabilidad hacia los animales domésticos en la comunidad. Los lugareños disfrutan del placer de tener un animal limpio y sano para jugar y para proteger a su familia. Han visto como, unidos, podemos lograr un servicio veterinario para todos, y cómo esto nos beneficia a todos los que vivimos en esta pequeña playa.
Ahora es raro ver un animal o una cría descuidados, mientras que antes era algo común y generalmente ignorado. Los habitantes del lugar también ven ahora la necesidad de la vacunación. Últimamente, hemos estado fundando clínicas en los pequeños pueblos alrededor. Mi esperanza es llegar a ser capaz de fundar clínicas en las ciudades más grandes, donde el número de perros y gatos es intimidante.
Hemos aprendido que es una necesidad el trabajo en naciones menos desarrollada, entre familias de bajos recursos, proporcionando esterilizaciones gratuitas. Las familias desean mantener sus animales domésticos sanos, pero no pueden permitirse la cirugía, aún si es a mitad de precio. Dependemos de donaciones de miembros de las comunidades más ricas y de las donaciones fuera de la región.
No puedo expresar cuán agradecida estoy de ver finalmente mi sueño de casi 30 años convertido en realidad, y veo la diferencia que uno puede lograr apenas pidiendo algunos voluntarios e imaginando un mundo donde no necesitemos de refugios ni el que haya que matar a perros y gatos inocentes. La primera vez que leí el concepto "ningún refugio, ninguna muerte", del Dr. Vicente no creía que pudiera ser factible, pues realmente no creí que a la gente le importara mucho ser responsable de sus animales domésticos, pero ahora creo que esto realmente puede suceder y beneficiarnos a todos.
Si alguna persona desea consejos sobre como fundar clínicas en su área, o quisiera hacer donaciones para ayudar a nuestro trabajo, por favor envíeme un E-mail a Islakat@aol.com.
Nota del editor:
Mi primer encuentro con Katherine Gibson fue en 1973. Me fue presentada por un amigo mutuo empleado del refugio animal California, que ese año mató a 35,000 perros y gatos: 57.3 por cada 1,000 seres humanos en el condado.
Este sería hoy uno de los cocientes más altos de matanza en Estados Unidos, pero en aquel entonces estaba entre los más bajos. En 1971 el refugio mató a 45,000 perros y gatos: 73.7 por cada 1,000 residentes. Entonces el refugio abrió una de las primeras clínicas de esterilización a bajo costo en los Estados Unidos.
Más tarde la situación cambió para cubrir un territorio mayor. Las matanzas del refugio abarcaron de 6,250 perros y gatos por año: 8.9 por cada 1,000 residentes. Esto es mejor que el promedio nacional actual de 16.8, pero se considera mediocre para la región, puesto que San Francisco mató a solamente 2.6 perros y gatos por cada 1,000 residentes humanos durante el año fiscal 2001.
Por aquel entonces yo no conocía bien a Gibson, pero trabajé muy cerca de la persona que nos presentó cuando publicamos los escritos de los veteranos que recién llegaban de Vietnam y cuando les ayudamos con lo que ahora se llama "desorden de tensión post-traumático". En aquella época simplemente se le llamaba "locura", "imbecilidad" o "intento de suicidio".
Al tiempo observé que nuestro amigo mutuo y otros trabajadores del refugio no padecían de esos síntomas y eran diligentes en asistir a cualquier persona en crisis, aunque estaban tan lastimados por su trabajo y eran tan vulnerables a la tensión post-traumática como cualquiera otro veterano de Vietnam. Pocas personas escucharían los delirios y gritos de los veteranos de Vietnam, pero nadie escuchó nunca los de los veteranos del refugio.
Me preguntaba a menudo qué había pasado con los veteranos del refugio, si a ellos les habría ido mal. El inesperado y satisfactorio encuentro con Gibson, en Costa Rica, me descubrió lo que ella había estado haciendo y cuánto más feliz era ahora. Ello afirmó nuestra creencia aquí, en ANIMAL PEOPLE, que el evitar la matanza de animales es también una forma de evitar matarnos a nosotros mismos. -- M.C.